El chaval sin nombre

26 febrero 2008 a las 12:24 | Publicado en General | Deja un comentario

Era un chico normal, como tú y como yo; sin destacados atributos pero con grandes planes de futuro, que compartía con sus amigos de barrio. Hablaba de él, de su futuro, de lo que haría para cambiar el mundo.

Vivía rodeado de unos padres demasiado ocupados para atender sus problemas; bastante tenían con estar todo el día trabajando para poder pagar el alto alquiler de aquella vieja casa. Siempre con la misma rutina de todos los días: el despertador sonaba a las 7 en punto de la mañana; rápidamente se vestía y se dirigía al metro, que le llevaría cerca del odiado instituto. Antes de entrar a formar parte del rebaño de sumisos al profesor, se fumaría un cigarro a escondidas en los servicios, acompañado del riesgo de ser descubierto. Tal riesgo se convertía realmente en el momento más intenso de todo el día.

Al terminar las clases volvía a retomar la rutina cotidiana: una leve sonrisa a sus padres momentos antes de que salieran disparados hacia su trabajo. Y vuelta a su soledad.

Así pasaban los días, las semanas, meses. A su cabeza llegaban sugerencias de nuevas ideas, de cosas por hacer, de aventuras: encontrar la huida, la fuga, la libertad; conocer su segundo hogar: la calle.

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Llegó por fin el añorado día. Sus padres salieron corriendo (llegaban tarde). Cogió sus cosas y se marchó. Marchó lejos de todo aquello que lo había mantenido engañado.

En el recibidor apareció una nota que explicaba lo sucedido. En su corazón apareció el mismo sentimiento de siempre: la soledad. En su mente sólo una cosa: la libertad. En sus padres, la tristeza; en sus colegas de aventura, el olvido. Y en su alma, el odio. Un odio hacia toda aquella patraña injusta que le obligó a hacer lo que nunca hubiera sospechado que haría: la fuga.

Odio hacia toda aquella sociedad de la que él no se llegó a sentir uno más.

Odio a él mismo, por la parte de culpa que creía tener.

Día a día recorría calles y calles de aquella ciudad sin nombre. La miseria le seguía como fiel compañera. La soledad era su mejor amiga. Su aspecto se deterioraba por momentos… Era su fin.

Fue una noche de frío invierno. Su cuerpo apareció semicongelado bajo unos cartones en los bancos de la plaza Melancolía. Rápidamente fue recogido y enterrado en el cementerio junto a no pocos compañeros que, por suerte o por desgracia, habían decidido lanzarse a la misma aventura que él.

 

Su nombre…. ¡Qué más da!

 

 

Antonio Mirón. COU B. 1993

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