SER FOCA EN CANADÁ……¡DE MUERTE!

8 mayo 2008 a las 09:13 | Publicado en General | Deja un comentario

Yo no soy cazador de focas- ni canadienses, ni no canadienses-. Tampoco lo soy, claro, como la práctica totalidad de los seres humanos, del resto de animales, incluidos los llamados domésticos. Parece que esa actividad, tan tiernamente recogida en las pinturas de las cuevas que habitaron nuestros más lejanos antepasados, con el paso de los siglos y la diversificación nutricional, ha dejado de tener sentido en nuestro mundo moderno, quedando relegada a un uso entre ancestral y deportivo, entre salvaje y civilizado (sólo se caza cuando no hay veda).

Por tanto, la visión que tengo de ese trabajo es muy distinta, seguro, de la que puedan tener los propios cazadores. Intuyo que para estos tramperos del hielo, ir por los témpanos dando mamporros mortales con sus hakapiks a animales indefensos debe ser una ocupación más, una labor complementaria más con la que sumar un buen puñado de dólares a su economía familiar. Sospecho,también, que, para estos batidores de la nieve, su faena no les ocasiona ningún tipo de remordimiento, aun sabiendo que los golpes que dan impactan en los cráneos de bebés de foca que todavía no han aprendido a nadar y que tienen entre 15 días y 12 meses de vida. Y es posible que ignoren- aunque eso a ellos es evidente que les da igual- que restauradores europeos de reputación o diseñadores de renombre- como Dolce y Gabbana-, además de un buen número de organizaciones ecologistas o, incluso, de gobiernos europeos, rechacen y critiquen la compra de estos animales, ya sea para consumo de carne, para la utilización de su aceite en el sector de la cosmética o para el empleo de su piel en la industria peletera.

Estoy convencido de que habrá mucha gente que calificará estas observaciones como hipócritas. Y quizá no le falte razón. Pero sólo parte de razón. Es cierto que matamos pollos a mansalva, y que sacrificamos cientos de miles de cerdos y vacas -locas y no locas -, y que deberíamos estar tan atentos, o más, a los métodos y a la sensibilidad utilizados en los mataderos de animales criados para la alimentación, como lo estamos a cualquier campaña que persiga la salvación del lince ibérico, del orangután o del chorlito ceniciento. Sí, se mata y maltrata a otros muchos animales- que también comparten los derechos internacionales de los animales- que rara vez son portada de periódicos, telediarios, revistas o documentales de National Geographic.

Sí, todo esto es verdad, pero una cosa no quita la otra, como suele decirse. Creo, más bien, que se complementan como las dos caras de la misma moneda.
Me duele igual la mirada extraviada y agraviada de un perro maltratado que el bastonazo en la nuca del bebé foca. Esa mirada nos interroga -y nos cuestiona- sobre nuestra condición humana. Es una mirada cercana, próxima, el interrogante de un amigo estafado que no esperaba ese trato. Pertenece a nuestro mundo y ha convivido y crecido con nosotros desde tiempos inmemoriales. En definitiva, es la prolongación de un vínculo primitivo del que, poco a poco, hemos querido ir diferenciándonos para confirmar nuestra superioridad, aunque sabiendo, en el fondo, que esta no siempre es sinónima de primacía y sí, muchas veces, de prepotencia.
En cambio, el bastonazo es un ejercicio obsoleto y trasnochado que nos retrotrae a estadios salvajes del ser humano, cuando la lucha contra los otros animales no era más que una necesidad vital para alimentarse, para vestirse o para defender un territorio. Es decir, era un ejercicio de supervivencia. Pero hoy no.
Hoy, cada uno tiene su propio territorio, su propio hábitat, y los animales salvajes no son una amenaza para el hombre (más bien al contrario). Hoy, la foca, que contempla, con sus ojos negros, acuosos y prístinos, manchas rojas sobre un blanco inmaculado y frío y reconoce trozos de entrañas que son como sus propias entrañas, se pregunta, más allá de su rabia, cómo es posible que ese ser bípedo con extrañas y mortíferas herramientas, no haya entendido aún que, con sus masacres, está contribuyendo, de forma irreversible, a la destrucción de la cada vez más frágil y delgada línea que separa la vida del abismo.
Pablo García

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