Relato: “Extraviado”. Javier Carrasco

17 noviembre 2008 a las 22:32 | Publicado en Relatos-poemas | Deja un comentario

 

subway1 Eran las 6:30 de una fría mañana de febrero y Sam Davo, fiel a su rutina diaria, estaba acomodado en un asiento del Metro esperando abandonar la estación de un momento a otro. Sin apenas advertirlo el tren se había puesto en marcha. Estaba aturdido. Ni siquiera recordaba lo que le había ocurrido desde el instante en que había sonado su radio despertador a ritmo de un conocido rock’n’roll .

 

Como otras tantas noches no había dormido el tiempo suficiente que su cerebro necesitaba para afrontar una nueva jornada agotadora. Sam es de los que se inventan las excusas más peregrinas para retrasar la hora de irse a la cama. No sabe si lo hace porque cree que la madrugada le aporta los momentos más gratificadores de su existencia, o tal vez como un simple mecanismo de defensa, instinto de conservación, ante el sueño, el aliado perfecto de la muerte.

 

Todavía no terminaba de acostumbrarse a los detestables madrugones a los que se veía obligado desde que había subway8conseguido el puesto en la agencia publicitaria para la que trabajaba. Echaba mucho de menos aquellos tiempos anárquicos en los que ejercía de fotógrafo independiente y él era su propio jefe. Tenía entonces mucho menos dinero, pero se pegaba la vida padre. No le faltaba nada de lo que un hombre de su edad pudiera requerir. Pensaba que la felicidad es una especie de utopía transitoria a la que todos aspiramos pero que sólo unos pocos alcanzan y de manera fugaz.

 

Sin motivo aparente se había puesto a meditar acerca de lo rara que le resultaba la realidad en ese lapso de tiempo que va desde que se levanta –la mayor de las veces mareado y con mal cuerpo –hasta que se toma el café del desayuno. Es como si el espacio-tiempo se distorsionara, en una sensación similar a la producida por la ingesta de sustancias tóxicas, en la que los sentidos envían al cerebro información tergiversada, más cercana al mundo del sueño que al de la vigilia. Este estado también afecta a la cámara fotográfica más sofisticada jamás creada, el ojo humano. Y a Sam, como fotógrafo artístico-profesional, le encantaba dejarse engañar por esos pequeños y complejos órganos, capaces de interpretar la realidad de infinitas formas, para luego inmortalizar esas percepciones con su cámara digital.

 

Pero lo que le fascinaba a Sam no era tanto la fotografía en sí como arte o técnica. Eran otros los motivos que le subway10habían llevado a elegir esta profesión. Desde que era niño se había dado cuenta de que no todos vemos o percibimos las cosas de la misma manera, sino que más bien tendemos a ver lo que ya de antemano estamos predispuestos a ver, dejándonos arrastrar por los prejuicios o por los intereses particulares. Por ejemplo, si colocamos a un niño de corta edad y a un adulto delante de un árbol de navidad cada uno de ellos tendrá una percepción muy distinta de ese mismo objeto. Unos vaqueros expuestos en un escaparate no son vistos igual por un ejecutivo que por un ciudadano de un país tercermundista. Además Sam sabía –lo había experimentado una y otra vez –que factores tan dispares como la tonalidad de la luz, el índice de humedad, cambios de la temperatura o la influencia de campos magnéticos pueden repercutir de forma notoria sobre la percepción del ojo, haciéndonos ver cosas imposibles o inimaginables. Siempre le había inquietado una pregunta ¿Puede el ojo humano captar todo lo que existe en el universo? Podemos ver el fuego, que es una radiación calorífica, aunque existen otras muchas ondas y partículas que no vemos y sabemos que están ahí.

 

Así que Sam acostumbraba a dejarse engatusar por esos “engaños ópticos” –como gustaba llamarlos –que tan a menudo se dejan ver a esas horas prohibidas de la madrugada, a caballo entre el sueño y la vigilia. Disfrutaba captando luces y rostros reflejados en las ventanillas del tren, figuras humanas borrosas por el efecto de la velocidad, claridad al final del túnel, chispazos eléctricos en los dispositivos de alimentación, rostros con rasgos distorsionados, retratos de personajes underground. La lista de temas o motivos era ilimitada. Y Sam aseguraba a sus amigos que las fotografías más notables y que mayores beneficios le habían aportado habían sido tomadas en ese peculiar mundo subterráneo que a diario debía visitar.

 

Acababa de cruzarse otro tren en sentido opuesto y Sam había tomado varias instantáneas de lo que él passing-train1denomina “el loco trasiego imparable de la vida”. Las ventanillas del otro tren se sucedían ante sus ojos a gran velocidad, ofreciendo una visión fragmentada y trepidante de cuanto ocurría en su interior. Algunos aseguran que algo similar sucede cuando morimos. Vemos transcurrir los momentos claves de nuestra existencia como si fueran los fotogramas de una película, la película de nuestra vida.

 

La luz del vagón venía y se iba a ritmo de traqueteo ferroviario y el tren aminoraba la marcha anunciando su inminente llegada a la estación donde Sam debía apearse. Ya que disponía de algunos minutos antes de “fichar”, había decidido acercarse a la máquina expendedora de chucherías a por unas chocolatinas. No tenía mucho apetito. Llevaba días con el estómago delicado. No era de extrañar. Su trabajo y obligaciones le impedían ir a un restaurante decente durante la semana –privilegio que sólo se permitía los fines de semana que disponía de tiempo libre y de compañía –por lo que no le quedaba más remedio que recurrir a la triste e insalubre comida rápida. El resultado, un cuerpo fofo que comenzaba a deformarse y un estómago al borde del colapso. No había probado un rico guisado desde la desaparición de su madre.

 

Miró el reloj y todavía tenía siete minutos para salir al exterior, respirar el emponzoñado aire de la ciudad, cruzar la calle y dirigirse al edificio donde están sus oficinas. Por primera vez en mucho tiempo había llegado antes de la hora, lo habitual en él es tener que salir disparado por la escalera mecánica, apurando los segundos para no llegar tarde y tener que oír los comentarios sarcásticos de su jefa, “esa bruja que nunca duerme ni se va de juerga” –en palabras de Sam –pero aquel día no iba a proporcionarle ese placer.

 

Resultaba curioso. A pesar de que su despertador siempre suena a la misma hora y nunca pierde su tren, el paso del tiempo parece que varía de un día para otro, como si esa dimensión se estirase o encogiese según su antojo. Él lo considera otro efecto de la distorsión espacio-temporal percibida por el cerebro aún medio aletargado.

 

“¿Qué raro? –se preguntaba –¿Qué le ha ocurrido hoy a la marea gris de zombies y autómatas que medio subway10en volandas me suele transportar hasta las escaleras mecánicas?.” Halló la respuesta al doblar la esquina del último pasadizo que conduce hasta aquéllas. Habían colocado una barrera cortando el acceso sobre la que podía verse una señal indicando “obras”.

 

“¡Maldita sea! –exclamó con justo enfado –Esto me va a obligar a darme un paseíto extra”. Ahora tendría que tomar la salida del andén opuesto. Sam también se lamentaba por su odiosa costumbre de no leer los avisos que la Compañía del Metro coloca con cierta antelación avisando de cambios de horarios o de obras. Su innato despiste se lo impedía. Pudieron oírse los improperios que lanzó al descubrir que esa salida también había sido clausurada por las mismas razones.

 

Esto es inadmisible –pensaba en voz alta –Que no me cruce con ningún empleado del Metro porque lo estrangulo”. Recordó la salida que hay dos manzanas más allá de la oficina. En cuestión de segundos se le estaba complicando la situación. La hora se le echaba encima y ahora sí que iba a llegar tarde. Estaba tan enfadado que temía no poder controlarse ante la suerte de impertinencias que le soltaría su jefa…”Hoy la mando al cuerno”.

subway-21 Sam entró en estado de shock cuando llegó a la tercera salida y la encontró con las luces apagadas y las persianas de seguridad bajadas. Toda una retahíla de expresiones malsonantes salía de su boca como si de sapos y serpientes se tratara. ¿Qué broma pesada era ésta?. ¿Quién demonios se estaba burlando de él, la compañía del Metro, el ayuntamiento…?. Los escasos transeúntes lo miraban al gesticular con total indiferencia –cómo no –ya pueden ver que te estén matando que nadie moverá un dedo por prestarte auxilio. Así están las cosas. El concepto de solidaridad entre congéneres ha sido definitivamente borrado del mapa.

 

No le quedaba otra opción a Sam más que volver a subirse en un tren y bajarse en la estación más próxima, a más de dos kilómetros de distancia. ¡Santo Dios!, Ese día debía haberse levantado con el pie izquierdo. Todo estaba saliendo de maravilla. Al salir del vagón tuvo la impresión de encontrarse rodeado de los tipos más raros que jamás había visto en su vida. Mejor dicho, parecía que allí era él el que desentonaba. Algunos lo miraban de reojo con cara de pocos amigos. Otros tenían aspecto siniestro. Había algo en las muecas de aquellos rostros desfigurados que le inquietaba. Llegó incluso a sentir miedo. No era la primera vez ni la última que atracaban a viajeros respetables como él a plena luz del día, valga la expresión, pues en esta maraña de túneles y pasadizos siempre reina la noche. Normal es entonces que aquí encuentren refugio sus criaturas.

 

El trayecto, que debía ser corto, se le hizo eterno, saturado como estaba por esa atmósfera agobiante, de pesadilla. Ya en el andén buscaba aquí y allá los indicadores de salida con cierta desesperación. Intentó ponerse en contacto con su jefa mediante el móvil pero no tenía cobertura –a saber a cuántos metros bajo tierra se hallaba.

 

Se quedó poco menos que lívido cuando se repitió la escena de encontrarse el acceso de salida totalmente subway4cerrado, como ocurre en algunas líneas periféricas durante la madrugada y los días festivos. Instintivamente miró el reloj y comprobó que eran las nueve menos cuarto de un martes del mes de febrero. No podía creerse lo que le estaba ocurriendo. Se quedó petrificado, bloqueado, durante un lapso indeterminado de tiempo. Una vez que reaccionó se dirigió a los transeúntes para preguntarles por qué estaban todas las salidas bloqueadas, que qué demonios estaba pasando allá afuera en la superficie, que si había caído una bomba atómica, algún meteoro gigantesco o si había ocurrido cualquier otra catástrofe de esa índole. La gente lo ignoraba, no se detenían para responderle. Cada uno seguía su camino en aquel desfile delirante de autómatas. Parecía de locos. Sam fue de estación en estación y en ninguna halló la forma de abandonar el Metro. Y lo peor de todo, nadie sabía explicar lo que sucedía.

 

subway7Tras deambular sin rumbo fijo por un número indeterminado de estaciones terminó por cruzarse con un policía del Metro. Se plantó frente a él, encarándose, y le preguntó airado porqué estaban todos los accesos al exterior cerrados, que llevaba horas de un lado para otro y no hallaba forma de salir de esa pesadilla. El policía lo miró, indiferente, como si se tratara de otro pirado más de los tantos que frecuentan el lugar. Sam notaba como su cara aumentaba de temperatura y sin pensárselo dos veces agarró al policía por el cuello de la guerrera y empezó a zarandearlo, pero aquél pronto se deshizo de él, como quien evita a un demente, y prosiguió su camino sin inmutarse.

 

subway5 Entonces la mente de Sam empezó a flaquear. “¡Dios mío!, ¿Habré perdido el juicio? –se decía para sí. Hacía mucho tiempo que no tomaba drogas y en los últimos años sólo consumía alcohol de modo ocasional. Pero si la razón de aquel absurdo era que se había vuelto loco ¿Cómo no se había dado cuenta hasta ahora?. Cierto era que no sólo el policía lo había mirado con extrañeza. Había leído en algún sitio que el cerebro humano es impredecible, que hoy funciona bien y que en cuestión de segundos, cualquier alteración química que se produzca en su interior puede acabar con la mente más poderosa. Deseó ver a un siquiatra lo antes posible –o tal vez un sicólogo –así que comenzó a gritar a la multitud de viajeros demandando la asistencia de alguno que pudiera encontrase allí. Gritó hasta desgañitarse y de nuevo nadie se interesaba por él. Notó como se derrumbaba, su sistema nervioso se hacía añicos y el único remedio que le quedaba era llorar desconsoladamente, como hace el niño extraviado que ha perdido de vista a sus padres.

 

subway61Cuando se despertó se encontró tumbado en un banco y con una fuerte jaqueca. Se incorporó y observó que estaba solo, debía ser ya de noche en el mundo exterior. A los pocos minutos cayó en la cuenta de que su maletín había desaparecido. Algún malintencionado se lo había robado al quedarse dormido. No le importó demasiado, ahora tenía motivos más serios por los que preocuparse. Empezó a sentir hambre, a saber las horas que llevaba sin probar bocado, pero ¿dónde encontraría comida?. Miró a un lado y al otro. Distinguió en la lejanía una máquina expendedora de golosinas. Al echar mano a su cartera percibió que también había desaparecido. Entonces, sin pensárselo mucho cogió un extintor y lo lanzó contra la máquina. El menú estaba servido. Fue cuando advirtió la presencia de un policía en el extremo opuesto de aquella parada del metro. El policía lo observaba estupefacto, como si hubiese visto a un aparecido. Sam se extrañó de que no viniera hacía él hecho un energúmeno revolver en mano para detenerlo. Simplemente se dio la media vuelta y echó a correr en dirección opuesta. “Seguro que se trata de un novato y se ha llevado un susto de muerte” –se le ocurrió.

 

Mientras mordisqueaba una chocolatina contempló como las ratas, las que habían de convertirse en sus nuevas compañeras y feroces competidoras, correteaban a sus anchas por las vías ahora desiertas, y que en asombrosa multitud salían de los oscuros túneles como si hubiesen sido vomitadas del mismísimo infierno. Eran parte integrante del hábitat del submundo, aunque no sus únicos pobladores.

 

Cierto día, o quizá noche, Sam, cansado de vagar sin rumbo vino a dar con sus huesos en una vieja estación del subway-3extrarradio. Sentado como estaba en un banco sufrió una especie de alucinación. Se trataba sin duda de la última estación de una línea olvidada. Le pareció oír un lejano murmullo de voces procedente de un viejo y maltrecho túnel que ya estaba fuera de servicio. Se quedó en silencio y sin moverse durante unos minutos, tratando de discernir si eran voces reales o más bien producto de su ahora malograda imaginación.

 

Como atraído por un imán invisible saltó a las vías y con paso vacilante se internó en las fauces del dragón dormido. Mientras caminaba miraba atrás de vez en cuando, pues allí no había luces de señal alguna y el único sol que iluminaba eran los viejos tubos fluorescentes de la estación que había quedado a su espalda.

Al poco rato la noche fue total. Sam caminaba ahora sobre uno de los raíles, su única guía en ese pozo de tinieblas, al tiempo que las inquietantes voces se aproximaban a cada paso dado. Percibió una débil y parpadeante claridad en la lejanía. El corazón le palpitaba con furia.

 

subway11 Cuando Sam llegó al final del túnel creyó hallarse en las puertas del Hades. Nunca había visto, ni si quiera en el mundo del arte, escena tan propia de Dante. Era un gran espacio que ardía en llamas y olía a cloaca y a perros muertos. Encontró allí a los responsables de la vocinglería. El contraste de la luz amarillenta de las llamas con la negritud de las tinieblas –tenebrismo puro –convertía a aquellas criaturas en seres monstruosos, en verdaderos servidores de Lucifer.

 

Sam se hallaba paralizado por el terror, y a punto estuvo de emprender una huida a ciegas que lo apartara de aquel horror indescriptible. Aún así le pudo más la curiosidad y se quedó inmóvil, como estatua de sal, en medio del Infierno. A fin de cuentas su abominable aspecto no desentonaba para nada en ese grotesco baile de máscaras. De hecho nadie parecía haberse dado cuenta de su descarada aparición, tan enzarzados como andaban en gritos y algarabías. ¿O quizá sí?.

 

Notó como unos ojos pequeños y negros, como de rata, se habían clavado en él. Se trataba de un mendigo, con melena y barbas canosas y desaseadas, vestido con harapos, que a tragos muy seguidos bebía nerviosamente de una botella envuelta en una bolsa de papel. Estaba sentado junto a un bidón en cuyo interior ardía el fuego…

 

-¿Por qué has venido? –le preguntó el mendigo con voz aguardentosa.

 

– Oí el ruido y…

 

-¿Qué se te ha perdido aquí? –le interrumpió -¿por qué no te pierdes por ahí?

 

– Llevo días sin hablar con nadie…

 

– Dejadme en paz, maldita sea, ¿qué os he hecho yo?. Dejad a este decrépito viejo en paz…

 

Sam se fue con la intención de volver. Era un sitio asqueroso pero al menos había encontrado a alguien que 1717624354_4fb18e85bfcomprendía su demencia. Al llegar al lugar donde guardaba sus “pertenencias” le llamó la atención una foto suya que aparecía en las páginas arrugadas de un periódico abandonado. Lo cogió. A pie de foto se leía:

 

Samuel Davo, uno de los más prestigiosos y célebres publicistas de la ciudad ha sido asesinado. Su cuerpo ha sido hallado en las vías del metro con evidentes signos de violencia. La policía no descarta el robo como posible móvil de tan brutal crimen.”

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