Relato: El paraíso de Jalifa

12 abril 2010 a las 18:14 | Publicado en Premios y convocatorias, Relatos-poemas, Temas sociales | 1 comentario

Por José Antonio Santano, escritor.

Ganador del 2º Premio en el I Certamen “Traspasando Fronteras”. Universidad de Almería


No había más remedio. Estaba decidido a todo. Con tal de salir de aquel lugar era capaz de llegar hasta las últimas consecuencias. Sabía que no sería fácil. La vida es un obstáculo tras otro, y para algunos como él mucho más que todo eso, pero no podía arrepentirse ahora, después de haber esperado tanto tiempo una oportunidad, tal vez la única. Otros lo habían conseguido, por qué no él. Pensó durante largas noches en el asunto, sustrayendo horas al sueño. Estaba decidido. Era consciente del riesgo que la aventura podía reportarle, pero no había otra solución. Tendría que asumirlo, sin más. No podía demorarse por más tiempo. La situación era insoportable, incluso sus padres lo animaban a hacerlo. Seguro que él, tan joven, lo conseguiría. Luego, intentarían reunirse con él al otro lado de la orilla.

Lo había decidido, sí, y ahora no era momento para las vacilaciones. A lo hecho, pecho. Así debía de ser y así sería. Estaba todo listo. Durante los días precedentes había observado a los grandes camiones aparcados en las dársenas del puerto. Todo estaba controlado. Sabía muy bien la hora y el lugar exacto. Serían unos segundos, y en ellos, tal vez, la vida misma, su vida. Porque su vida realmente valía poco, y poco arriesgaba. Siempre había vivido en la más absoluta miseria. Era un verdadero hijo de la calle desde edad temprana. Quien nada tiene nada pierde. El joven Jalifa era una víctima más de su tiempo. Un desheredado más, un vencido más. Pero Jalifa no quiere amilanarse, y no se amilana. Está muy cerca del camión. Sólo tiene que esperar el momento preciso. Todo está calculado y no piensa fallar en el último instante. Se ha preparado para esto durante mucho tiempo, tal vez demasiado. Pero sabe muy bien que una vez dado el paso, no hay marcha atrás. Jalifa quiere vivir por encima de todas las cosas, y vivir dignamente, como se merece todo ser humano, aunque para ello tenga que tentar la suerte, incluso sentir muy de cerca el gélido aliento de la muerte.

Jalifa había mendigado por el zoco como un alma en pena. Ahora lo veía todo más claro: nunca más volvería a hacerlo, estaba decidido a cambiar de vida como fuera, y su familia lo apoyaba. ¿A qué esperar entonces? ¿Acaso alguien repararía en un pobre y zarrapastroso adolescente como él? ¿Le abrirían alguna puerta? No. Jalifa lo sabía bien. Nadie  le tendería una mano amiga, nadie, nadie. Ahora el camionero sube a la cabina. En un momento todo habrá pasado. Jalifa lo observa atentamente. Sabe que será cuestión de segundos, visto y no visto, y entre medias, Jalifa en los fondos del camión, silencioso y trémulo y satisfecho al mismo tiempo. Jalifa callado y  alegre. Parece escuchar la llave de contacto que gira y, al fin, el motor en marcha. Los primeros gases del combustible. Las ruedas que comienzan a girar lentamente. No hay marcha atrás, vuelve a pensar desde su propio silencio, inmóvil en los bajos del camión. El camino es largo. El camión se mueve un poco más rápido hasta encontrar el lugar idóneo en el vientre del gran barco. Jalifa respira aceleradamente. Fue todo tan rápido que todavía no se cree lo sucedido. Ahora se palpa y se pellizca para saberse vivo. No le importa el cansancio de tantas noches en vela. La verdad es que no le importa nada que no sea el futuro. Pensar en el pasado es sentir el dolor en  las entrañas y el alma, saberse víctima de la injusticia y el desprecio, someterse al capricho de quienes siempre lo poseyeron todo… Pensar no es lo que desea ahora. Ya en los bajos del camión y en el silencio que la noche impone, Jalifa cierra los ojos, se agarra a la vida fuertemente y se deja mecer por las olas del sueño y la memoria.

Unos niños juegan con una pelota de pellejos de cordero en las afueras de la aldea. Atardece en las montañas. El crepúsculo incendia los campos de olivos. Los niños corren sin cesar, persiguen al pequeño Jalifa que tan pronto lleva la pelota entre sus pies como está en el suelo, empolvado hasta las cejas, derrotado del esfuerzo realizado para conseguir el ansiado gol, y la victoria.

Pero Jalifa siempre fue un vencido. Desde su nacimiento no conoció sino una derrota tras otra. Sin embargo ahora se había propuesto cambiar el rumbo de su vida. Y no estaba dispuesto a que nadie se interpusiera en su camino. Él, libremente, había decidido el día y la hora propicia para ser otro ser y no podía amilanarse precisamente ahora, una vez traspasada la frontera del miedo y el dolor.

Los niños se ríen al ver a Jalifa en el suelo cubierto de polvo de pies a cabeza, como si fuera un boquerón en harina; se ríen a carcajada limpia, burlándose de su apariencia; se ríen sin parar y sin dejar de señalarlo con el dedo, fijamente, como si fuera el ser más despreciable del mundo. Y Jalifa, entonces, corre desesperadamente para ocultarse de todos y de sí mismo. Se refugia en la Gran Montaña, su Montaña. A ella acude siempre que la vida le golpea con violencia. Y ahora se siente herido. No sabe muy bien por qué siempre le toca a él. Sin embargo, en la Montaña, se siente seguro, abrigado en sus entrañas de roca y de silencios. Ya en la cima, solos, la Montaña y él, los únicos habitantes del planeta. Desde su majestuosa altura Jalifa otea el horizonte, la raya fronteriza que separa su mundo de otros mundos, y sueña. Algún día –piensa para sí-, conquistaré mis sueños.

Jalifa huye, de nuevo huye. Huye de sí mismo, de cuanto un día ya lejano soñó. Los sueños se rebelan contra él. No le dejan descansar. Y así, escucha nuevamente el rugir de los motores y siente el movimiento. Las ruedas del camión giran y avanzan hacia la luz. Una luz que ciega a Jalifa momentáneamente. Pero él es fuerte. Su fuerza es la esperanza.

En la Gran Montaña, su Montaña, se dejaba cegar por la luz de los crepúsculos cada tarde. Contemplaba el inmenso fulgor azafranado del cielo; admiraba las caprichosas formas de las nubes acogiendo los haces de luz en sus entrañas grises y negras, y con lágrimas en sus ojos despedía al sol hasta otro día. Jalifa, en su Montaña, acariciado por la brisa marina, soñaba con alcanzar  un día no muy lejano, la otra orilla, el paraíso.

Ahora el camión avanza lentamente, se detiene. Escucha unas voces. El camionero habla con los guardias. Se saludan. Los guardias preguntan por la carga. El camionero responde como siempre: lo de todas las semanas. Ríen. Presiente que el peligro ya ha pasado. Un obstáculo menos. Está en el buen camino. Se siente afortunado. Una puerta se cierra de golpe. El camión avanza de nuevo, sin prisas. Reanuda el movimiento y Jalifa se agarra fuertemente. El viaje es largo y no puede desfallecer ahora. Una leve sonrisa aparece en su aceitunado rostro. No sabe explicarse por qué, pero su vida siempre ha estado pegada a los bajos fondos, ahora, a los del camión que acelera su paso. El negror del asfalto es todo su mundo, lo único que posee. Y mira hacia él y su vida parece ocupar el amplio espacio de la negrura que el alquitrán desprende. Y así pasan los segundos,  y los minutos, que para Jalifa son eternos, pero tiene que aguantar. No puede, después de haber salvado los primeros obstáculos, desmoralizarse, caer en el abismo del desencanto. Pero a pesar de todos los pesares, que son muchos, Jalifa es fuerte y sabe que tiene que ganar esta batalla.

Amanece en las inmediaciones del zoco. Jalifa merodea por los puestos de los mercaderes. Mira a un lado y otro buscando la mirada cómplice que le demande ayuda a cambio de unas monedas. Pero todos lo apartan empujándolo con violencia para que no estorbe en las faenas de carga y descarga. Jalifa no desespera. Todo lo contrario. Persiste una y otra vez. Ahora es el puesto de frutas. Jalifa, quedo y silencioso, fija sus ojos en los ojos  de la frutera, de baja estatura y gordinflona. Ella, a su vez, también lo mira. Jalifa se atreve a preguntarle. Y la frutera, echando la cara a otro lado, no contesta. Jalifa reconoce en ese gesto una derrota más. No tiene prisa, acaba de amanecer y no quiere desmoralizarse. Insiste en uno y otro puesto, pero nadie admite sus servicios. ¿Tal vez porque es muy joven?, o, ¿acaso por su aspecto haraposo y sucio? Jalifa decide entonces mendigar, y mendiga. En lo más profundo de su ser le asquea y humilla hacerlo, pero sabe muy bien que no hay otro camino, y eso le basta  para extender una y otra vez la mano ante todos los que se acercan a los puestos de los mercaderes. Sabe, también, que en ocasiones su aspecto disuade a sus potenciales clientes y otras, en cambio, atrae su caridad. Al cabo del día, Jalifa siempre cuenta las monedas. No más de cuatro. Y vuelve la tristeza a su corazón desheredado. Jalifa, por el camino de guijarros y barro que lleva hasta su casa, el arrabal de la Seda,  llora sin lágrimas y aprieta las monedas contra su mano, abatido.

Las ruedas del camión giran y giran sin parar. El negro asfalto, los pensamientos y el deseo. El tiempo se eterniza y Jalifa siente el cansancio en los párpados, que se le cierran y abren muy lentamente. Y así hasta que siente un gran peso, definitivo, y flota, y vuela, detenido en el tiempo:

Jalifa recorre la ciudad adornada con luces de todos los colores. Grandes rótulos que anuncian y proclaman reinos de absoluto confort. Jalifa sonríe ahora, satisfecho por hallarse en su soñado paraíso. Jalifa, alegre y victorioso por primera vez, abre los ojos como si en ello le fuera la vida. Los abre hasta sentir un dolor intenso. Pero no le importa. Lo quiere todo, al detalle. Se sienta en un banco del Paseo. Observa y calla. La noche huele a salitre y mar. Los ojos de Jalifa brillan de una forma especial. En este instante es el ser más feliz de la tierra. Para él se acabaron los malos días, el dolor, el miedo, la penuria. Jalifa es el otro. El ser que siempre soñó. Jalifa ríe con la fuerza de lo que se ansía, y ríe, y ríe sin parar, mostrando sus blanquísimos dientes. Ansiaba verlo todo, sin excepción. Por eso camina ahora, alocadamente, sin rumbo fijo. Se detiene en todos y cada uno de los escaparates  que a un lado y otro del Paseo exhiben elegantes ropas, brillantes zapatos, oros y plata, libros, muebles, lámparas, fina lencería… Calles, luces y sombras, soledad y silencio. Al fin en la otra orilla,  en el paraíso.

El camionero escucha la radio. El locutor habla del paso del Estrecho, de pateras y muerte. El camionero queda pensativo y cambia de emisora. Mira el reloj del salpicadero, y piensa que es hora de un merecido descanso, también de repostar combustible. Conduce hasta que un cartel de la autovía anuncie un área de servicio. Pasados unos minutos aparece ante su vista, sobre fondo azul y letras blancas, el anuncio de la esperada área de servicios, salida 524. El camionero sale de la autovía por el último carril de la derecha, llega a una rotonda, la pasa y gira de nuevo a la derecha hasta encontrar la gasolinera. Una vez ha repostado el combustible necesario para concluir su ruta, el camionero decide entrar en la cafetería y tomar un café. El camarero le sirve un café doble. El camionero vierte el azúcar en el café y enciende un cigarro. Aspira profundamente el humo y lo expulsa muy lentamente, saboreándolo. Solicita al camarero la cuenta, paga y se dirige de nuevo al camión. Sube a la cabina, gira la llave de contacto y reanuda su camino. Pero Jalifa ya no le acompaña. Ha quedado en el suelo, inmóvil, en posición fetal. Ni ve ni oye, no siente nada. El cuerpo es un amasijo de huesos y carne entumecida, acalambrada, pálida e inerte. Alguien se acerca hasta Jalifa. Le habla, pero no responde. Ahora ese alguien llama por teléfono. Mientras tanto, Jalifa sigue caído en el suelo, con los ojos cerrados, inmóvil. Después de unos minutos, Jalifa es trasladado en ambulancia al hospital más cercano. Tras unos días de oscuridad y silencios, Jalifa despierta. Abre los ojos muy despacio, como si una gran mole de piedra colgara de sus párpados. Mira a su alrededor y no ve con claridad, está confuso, y solo. No distingue los colores. Le sudan las manos y la frente. Ahora, lejos,  escucha la voz de una mujer, e inmediatamente después la de un hombre. Ambos están de pie, junto a la cama de Jalifa, y visten uniformes de guardias.

Pero Jalifa no tarda en volver a la vida. El sueño ha durado demasiado. Jalifa distingue el verde de los uniformes. Jalifa grita y llora desconsoladamente. Es al abismo de nuevo. Se siente náufrago y vencido. No puede creerse lo que está pasando. Jalifa patalea en la cama como un desesperado. Los guardias intentan calmarlo. Pero Jalifa es un ser descontrolado que sólo sabe gritar, gritar, gritar… Y entre grito y grito los médicos, las enfermeras que acuden al instante para saber qué está pasando, a qué viene tanto escándalo. Pero ya es tarde, Jalifa no es Jalifa. Es otro ser que, enloquecido, grita hasta quedar exhausto, sedado por su propio desconsuelo; inerte sobre la cama, con los ojos abiertos y fijos en el techo, sin vida.

Desde entonces, y todavía hoy, después de los muchos años transcurridos, en el silencio de la noche, un eco de voces inunda los largos y oscuros pasillos del hospital, se apoderan de la tierra y devuelven a ésta las que fueran las últimas y desgarradoras palabras de Jalifa: ¡Por favor, no me echen del paraíso! ¡No me echen del paraíso!

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