La piscina

23 junio 2010 a las 19:32 | Publicado en General | Deja un comentario

Por María Garrido Garrido.

Habían pasado ya tres años desde que se inauguró la piscina de  los Sapos, pueblo natal de José, única en toda la zona , en un radio de acción de 30 Km., para solaz y divertimento de la población, que aguantaba  en los meses de estío temperaturas próximas a los 40º. Pero él y su familia no habían podido visitarla, a pesar de su cercanía, 8 Km., del lugar donde actualmente residía con su mujer y sus dos hijos de 10 y 7 años. Cuando se casó con Socorro, decidieron instalarse en el pueblo de ésta    y como sólo disponían, como medio de locomoción, de un Vespino, les fue imposible realizar dicha visita.

Sin embargo , aquel verano, iban a cambiar las cosas. Recibieron, por Agosto, la llegada de unos familiares, tíos y primos, que residentes en Cataluña, desde la década de los sesenta, regresaban, como cada año, al pueblo a pasar las vacaciones y de paso a llenar las alforjas del Seat 127 rojo grana que, con algún pernil, embutidos y patatas, no dejaban  espacio al depauperado equipaje, no así a la pobre despensa en la que entraban.

-Nosotros decía  Joseico,  el  hijo mayor, niño flacucho y algo repelente, “nunca vamos de vacaciones, mi padre siempre me dice”:

-Joseico nuestra familia  no es gente de veraneo.

De manera que decidieron organizar un día de “baños”. Para tal evento prepararon buenas cestas cargadas de viandas, como era costumbre para estas ocasiones : fritada de conejo, tortilla de patatas, salchichones, chorizos… además del “chumichurri”, vino de cosecha propia, que presidía cualquier buena pitanza que se preciara. Y con todo y todos en el 127 grana se encaminaron en busca de la Felicidad.

“¡Parece que está muy fría!,” se oía decir a doña Julia, mujer del boticario, que situada en la orilla de la piscina, vigilaba el chapoteo de sus nietos, como aviso a los muchachos que se disponían a lanzarse al agua desde el trampolín más alto. Señora de buen ver y recatada, doña Julia  nunca llegó a bañarse en la piscina; ella decía que el agua estaba muy helada y a su edad el reuma le acechaba, pero los comentarios eran otros debido a su gran “humanidad”, pues pesaba más de 120 kg y hubiera sido una atracción y motivo de más de un comentario verla en bañador.

En esos momentos hicieron su aparición nuestros bañistas que sorprendidos gratamente no paraban de mirar a un lado y a otro perplejos y asombrados.

-¡ No está mal, que grande es esto! comentó José

-Pues es cierto, decían los familiares

-¡Aquí, aquí!, este es el mejor lugar.

-¡Vamos que no nos lo quiten!,  -decía Socorro que se había adelantado del grupo-, hay una mesa y estamos cerca de la piscina, el sitio es estupendo ¡venga!

Acomodaron las cosas y con los bañadores puestos se dispusieron a pasar el día. Los niños fueron los primeros  en  meterse en la piscina: las criaturitas enseguida empezaron a temblar y los labios  morados como los lirios, como el tempano estaba el agua, ¡angelitos!.

José se dirigió entonces a la barra, de un simulacro de bar que había en la esquina contraria de donde se habían situado,  a saludar a los paisanos que allí se encontraban. Estaba muy contento y su rostro así lo manifestaba con una amplia sonrisa.

-¿Hombre cómo van las fuerzas?,  preguntó  a don Clemente que le salía al encuentro.

– Bien ¡cuánto tiempo sin venir por tu pueblo! ¿y la familia?, respondió don Clemente

-Pues mira estamos todos aquí, teníamos gana de conocer la piscina y hoy se ha presentado la ocasión, -le dijo José.

-¿ Y tu dónde andas, sigues en Cádiz?

– No, que va!, pedí traslado y me han dado los Sapos, este año que viene me tenéis allí de maestro, contestó don Clemente

– Pues qué bien, tengo dos zagales que serán tus alumnos, los más educados del pueblo, tu ya me conoces para esas cosas yo…

-¡José!, ¡José!, llamaba a lo lejos Socorro, ven,  venid!.

Socorro era una mujer bien parecida, con un carácter bastante fuerte, a la que había que obedecer, su marido bien lo sabía. Algunos comentarios de los más allegados, habían puesto de manifiesto que el matrimonio había tenido algunos problemillas por esta cuestión.

José y don Clemente, entonces, se dirigieron hacia la mesa donde estaban sentados  nuestros veraneantes.

-Siéntese, siéntese,  -le decían a don Clemente.

Y éste por no desairar se acomodó a la mesa y comió y bebió de todo aquello que le ofrecían

-Tome una patilla de conejo

-¿No quiere probar el salchichón?, es casero, es de nuestra matanza, -decía Socorro.

-¡Niños!, mirad , este señor, don Clemente, es amigo mío desde la infancia, les decía José  a los chiquillos. Este año va a ser vuestro maestro, de manera que a ver como os vais portando ya.

Los niños terminaron de comer los primeros y rápidamente  se zambulleron de nuevo en el agua, pues su tía Casilda (la catalana) o como ellos la llamaban la Chacha, les había dicho que si se querían bañar, debían hacerlo pronto, después de comer, pues de lo contrario empezarían a hacer la digestión y sería peligroso. Y lo que decía la Chacha iba a misa.

En animada tertulia se encontraban cuando de pronto:

-Papa…. Papa….  mira…..   mira….

José volvió la cabeza hacia la voz que lo llamaba y quedó perplejo; su hijo mayor estaba encaramado en el trampolín más alto dispuesto a tirarse al agua.

-Papa…., papa…… que mire la mama…..

-Papa….., papa….. que mire la chacha y los primos

-Papa….. Papa….. que mire el maestro

José iba diciéndoles:

-El chiquillo, que quiere que lo miremos y veamos como se tira del trampolín.

Cuando todos estaban atentos y mirando al niño para ver la proeza del salto, Joseico se dejo caer, pegando tal panzazo que las salpicaduras del agua mojaron a los presentes, así como a la comida que todavía quedaba en la mesa.

-Parece que tarda en salir, decía la madre apurada, limpiándose el agua  que le había caído en la cara

-No mira, está ahí, dijo la chacha

-¿Niño estás bien?, preguntó el padre.

El niño agarrándose por el filo de la piscina, con la cara descompuesta fue acercándose poco a poco y cuando estuvo a la altura de donde estaban situados nuestros bañistas,  mirándoles fijamente  y con los ojos desencajados respondió:

¡¡MAR DOLOR SU DÉ A TOS!!

José un color se le iba y otro se le venía, él que presumía de la educación que tenían sus hijos.

-¡Niño, ven aquí!, ¿ No te da vergüenza?  Habrase  visto ¿Qué va a pensar tu maestro?.

El niño comprendiendo el enfado de su padre, salió corriendo de la piscina y vino a refugiarse en los brazos de la chacha, que a la sazón acudió a su encuentro, al comprender la que había armado.

Don Clemente, por su parte, también se acercó al ver la que se estaba liando

¡Vamos José, venga hombre, es un niño!

-¿ Un niño? ¡lo mato!, ¡lo mato!,

-¡Que disgustazo! ¡Digo el niño!, decía Socorro lamentándose.

-¡Habrase visto que contestación! ¿Qué dirá usted don Clemete?

-Mujer yo…. contestó don Clemente.

-Nosotros no lo estamos educando así, su padre ya lo conoce, es muy recto y yo ya se me ve, fijese usted, con lo que salta el niño “MAR DOLOR SU DÉ”, ¡pa matarlo! ¡vamos pa matarlo!.

La chacha amparando al chiquillo decía:

-¡ No es para tanto, Jesús!

-¿ Es que no lo veis? La criaturica se ha hecho mucho daño. Mirad como tiene la barriga  y el pecho ¡como un tomate! Y ¿ la cara?, como el papel de fumar.

¡Que lo mato, que lo mato! Se oía   como un lamento en boca de José.

No hay que tenérselo en cuenta ¡caramba!, decía la chacha abrazando al zagal.

-¡Venga!, ¡Venga!, no hay que ponerse así, es comprensible.

Los ánimos se fueron calmando, la tarde transcurrió agradablemente y todos felices volvieron a la rutina de siempre.

Pasaron muchos veranos más,  los familiares de Cataluña aparecían como cada año, Joseico también iba ya  de veraneo,  pero por más piscinas que visitara, se cuenta que jamás  volvió a tirarse de un trampolín.

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