El Buque Fantasma (relato)

16 octubre 2010 a las 19:57 | Publicado en Relatos-poemas | Deja un comentario

Javier Carrasco

Mi sueño se ha cumplido después de tres años de duros sacrificios. Fue el tiempo que necesité para reunir el dinero del alquiler del barco.  Desde la infancia había desarrollado una pasión por surcar los mares. No recuerdo cuál había sido la causa de este antiguo anhelo, pero lo cierto es que ahora más que nunca se presenta la ocasión para que el sueño se haga realidad. Quizá tuvieran mucho que ver las viejas historias de piratas y bucaneros que leí de niño. Lo cierto es que nunca me sentí más libre que cuando me encontraba frente al mar, divisando su línea recortada en el horizonte.

La idea de dar la vuelta al mundo en velero ya me había surgido durante los convulsivos años de la adolescencia. Años de rebeldía y ruptura. Ya entonces pensaba que con una aventura como esa cualquier individuo podría llegar a conocerse a si mismo mejor que a nadie, allí en la absoluta soledad del vasto océano, haciendo  frente a los peligros del mar y a sus fuerzas incontroladas. Ya había naufragado en tierra firme. No me importaba hacerlo de nuevo en el mar. Por eso me lancé a la aventura sin temor alguno, aún siendo consciente de las graves dificultades que tendría que afrontar durante esa azarosa travesía.

Así pues, una tarde de verano me hice a la mar desde un puerto del sur de España. Recuerdo que no me había sentido más feliz en toda mi vida. Era el momento de poner a prueba todas las pericias en navegación a vela que había estado aprendiendo años atrás. La sensación era muy parecida a la de volar. Sentir los vientos marinos y el agua del océano salpicando mi rostro de espuma y sal. Ver la salida y puesta del sol en alta mar con esa gama de colores nunca vista en tierra firme. Disfrutar de la siempre grata compañía de las aves marinas y los delfines…

La primera fase de la aventura consistía en poner rumbo al Atlántico sur, en busca del mítico Cabo de Hornos. Esta  parte del viaje se preveía como la más tranquila, poniendo rumbo, primero a las Islas Canarias, luego al archipiélago de Cabo Verde, relativamente cerca de la costa africana, para luego cambiar a rumbo suroeste y cruzar el Atlántico en su ruta más corta, enfilando proa  al archipiélago de Fernando de Noronha, a 545 kilómetros de las costas brasileñas.

Fue en este trayecto donde tuve mi primer encuentro con la auténtica adversidad.  En mitad del Atlántico fui sorprendido por una fuerte tormenta tropical. Las olas eran montañas de agua de color negruzco que golpeaban el casco del velero haciéndolo temblar desde la quilla hasta lo alto del mástil. Era la primera vez que me sentía aterrado frente al mar. Tuve problemas con el generador de a bordo, quedándome sin cobertura en el GPS, y con el motor auxiliar averiado apenas podía avanzar en aquel infierno de viento y agua. Con mucha suerte pude ver las costas de Fernando de Noronha y un montón de averías en el barco  me obligaron a perder dos semanas en la isla brasileña mientras que todo volvía a la normalidad.

Pero eso no fue más que un ligero ensayo en comparación con la horrible experiencia que viví cuando intentaba doblar el Cabo de Hornos. Jamás antes había visto los elementos desatados de esa espantosa manera. Aquí el aire sopla con estruendo y totalmente helado, acompañado de granizo, levantado olas de entre diez y treinta metros. Además son frecuentes los icebergs. El mayor de los infiernos marinos. Había estado esperando durante cuatro días a que los vientos rolaran de oeste a este para hacer más fácil la travesía. De nada sirvió. De buenas a primeras se empezó a llenar el cielo de nubarrones negros como la pez y el viento aullaba como una bestia salida del mismísimo Averno. Ya había oído y leído algunas historias que cuentan los viejos marinos de esta aislada zona del globo y que hablan de parajes donde habita Satán.

No había terminado de plegar las velas cuando el fuerte huracán arrancó de cuajo el mástil del velero dejándome desprovisto de la principal fuerza motora. A mí no me llevó porque estaba atado al timón, tratando de impedir que la fuerte marea nos empujara hacia los afilados arrecifes de la costa. El motor auxiliar apenas podía desplazar el barco, por lo que estaba a merced de los vientos y la enloquecida marea. A pesar del impermeable y de las altas botas de goma que llevaba puesto, estaba completamente empapado, y los dedos de la mano, aunque protegidos por gruesos guantes, se estaban empezando a congelar. El frío me estaba  calando el alma. No recuerdo el tiempo que estuve así, luchando por mantener a flote la frágil cáscara de nuez  en que se había transformado el velero. Perdí el sentido.

Al despertar la tormenta había cesado. Lo primero que sentí fue un frío glaciar que me recorría todo el cuerpo. Debía estar amaneciendo, o tal vez era el crepúsculo. Mi reloj se había parado, congelado por el hielo, y parecía desorientado. El barco estaba completamente escorado, como si se hubiese abierto una vía de agua en el casco. Era inminente que se iba a hundir de un momento a otro. La desesperación se adueño de mí. Enseguida comprendí que mi hora había llegado. Sin ser creyente quise orar, hablar con Dios, ponerme en paz conmigo mismo. Nunca antes había sentido algo parecido. Entonces ocurrió el milagro. Alcé la vista al horizonte y vi que el barco se desplazaba hacia lo que a todas luces era un buque abandonado en mitad del Pacífico sur. ¡No podía dar crédito a lo que estaba viendo mis ojos! ¿No se trataba acaso de un milagro? ¿Cómo había llegado hasta allí, si había estado inconsciente? ¿Pura casualidad?  Mantuve el timón en posición recta hasta que la proa del velero chocó con la enorme mole del casco. Su aspecto era bastante siniestro en aquella atmósfera de colores grises. Justo donde había ocurrido el impacto pude ver una escala de soga y madera que ascendía por la borda. Demasiadas casualidades, pensé. Aún subía por la escala cuando vi la pálida blancura del velero sumergirse en la negritud del abismo. De no haberme topado con el buque abandonado se habría convertido en mi eterna tumba submarina.

Una vez a bordo de aquella mole oxidada me di cuenta de que se trataba de un trasatlántico, de esos que hacen cruceros por todo el mundo. Pero ¿qué había ocurrido? ¿por qué había sido abandonado en mitad del océano? ¿adónde habían ido a parar la tripulación y los pasajeros?  La luz cada vez se hacía más tenue. Debía estar anocheciendo. Tenía que hacer una primera inspección rápida antes de quedar completamente a oscuras, averiguar si había alguien más a bordo y encontrar algún lugar donde secarme y poder pasar la noche. Decidí subir al puente y ver si allí encontraba alguna linterna, o cerillas, e intentar encender un fuego y así evitar la congelación de mis miembros. No hacía falta ser ningún experto para saber que el barco llevaba bastante tiempo a la deriva. Todo estaba echado a perder. En el puente no quedaba nada en pie, los cristales estaban rotos y hacía un frío de perros. Debía dirigirme a la zona de los camarotes de primera clase. También estaban en muy mal estado y olía fatal, como a putrefacción. Al final, cuando ya la oscuridad era casi total encontré un camarote con un colchón húmedo y apulgarado. No había ni una sola manta, ni nada que me pudiera echar por encima, pero al menos, allí  estaba protegido del viento congelado. Me encontraba extenuado. No había ni luna ni estrellas. Tan sólo la completa oscuridad.

Me desperté de un sobresalto. Algo o alguien me había tocado los pies, de una forma desagradable, como si hubiese querido despertarme a propósito. Empecé a gritar quién andaba allí pero no obtuve respuesta. Estaba demasiado asustado y desorientado. No veía absolutamente nada. Oía un ruido muy cercano, como si estuviese dentro de mi cabeza. Tardé en darme cuenta de que eran mis dientes rechinando de miedo y frío.

Cuando volví a despertarme ya había claridad. El frío no me había abandonado y deseaba con toda mi alma poder cambiarme de ropa y deshacerme de aquella humedad maligna. Recordé el susto que me había llevado y pensé que con toda probabilidad se había tratado de una pesadilla. Estaba desfallecido y el hambre empezaba a hacer acto de presencia. Era necesario dirigirme a las cocinas de los bares y comedores por si quedaba algún tipo de alimento. Tenía que encontrar cerillas o algún mechero con que hacer fuego. Disponía de la madera de los muebles, pero estaba humedecida y casi podrida. La suerte estuvo de mi parte. Encontré algunas latas de conservas, pero sus etiquetas estaban escritas tal vez en griego o en ruso, idiomas que desconozco. Probablemente estarían caducadas, sin embargo era el único alimento que tenía al alcance de la mano. No encontré ni cerillas ni mecheros. Lo tenía difícil para hacer fuego.

Enseguida abrí una lata con la ayuda de mi inseparable navaja suiza. Eran sardinas en aceite. Parecían estar en buen estado y sin pensarlo me puse a devorar aquel suculento “manjar”. Cuando disfrutaba del “banquete” me pareció ver una sombra abandonar la cocina donde estaba. De forma autómata empecé a gritarle por si se trataba de algún otro “pasajero” del buque surgido de la nada. En realidad todavía no había tenido tiempo de hacer un recorrido exhaustivo por el antiguo trasatlántico. Se me ocurrió que tal vez no era el único náufrago que había encontrado cobijo en aquella chatarra flotante. Nadie respondía a mis desgarrados gritos. Sólo se oía el viento rugir –de manera que hace poner los vellos de punta- y el crujir de madera podrida y hierros oxidados. Toda una macabra sinfonía.

En uno de los salones he encontrado un bloc de anotaciones y un bolígrafo, tal vez pertenecientes a un camarero. Se encuentran en buen estado. Se me ha ocurrido la idea de poner por escrito todo lo que me ha venido ocurriendo en esta insólita aventura mía. No sé cómo va a terminar todo esto. Al menos que quede constancia de los últimos instantes de mi vida. También me servirá para hacer más llevadera esta angustiosa soledad. Ahora voy a echarle un vistazo a los generadores de electricidad por si pudiera ponerlos en funcionamiento. También convendría buscar algún equipo de radio para emitir mensajes de auxilio. Pero, ¿qué es aquello? ¡Dios mío, es gente, los he visto al final del pasillo,  sombras que se desplazan! ¡Eh, que estoy aquí esperad, no me dejéis atrás, esperad!, ¡Maldita sea, han huido hacia las entrañas del buque, donde reina la oscuridad absoluta!, pero ¿de quiénes se trata?, ¿serán al igual que yo náufragos que han encontrado refugio aquí?

Ya me he tranquilizado un poco después del “encuentro” inesperado. Estoy comprobando el estado de los generadores. Creo que no voy a poder ponerlos en marcha. Están en muy mal estado, calculo que por lo menos dejaron de funcionar hace ocho o diez años. No puedo bajar a la sala de máquinas. Sería como entrar en una sima sin ni siquiera una linterna. No sobreviviría. No obstante he tenido una idea brillante: puedo usar los espejos que aún quedan intactos en los salones y colocarlos en la parte exterior del barco. De vez en cuando el sol sale tímidamente entre los negros nubarrones. Puede que algún otro buque, o alguien desde el aire vea los destellos del sol reflejados en los cristales.

He pasado otra espeluznante noche en la negra oscuridad. El terror me ha paralizado, dejándome sin poder mover un sólo músculo de mi cuerpo. Me desperté sobresaltado y escuché voces y sollozos, como si fueran lamentos. Se oían muy cerca de donde está mi camastro. El viento parecía hacer sonar una inquietante melodía al pasar por agujeros y resquicios, como si diabólicos instrumentos quisieran interpretar una sinfonía de otro mundo, de otra dimensión. Oí claramente “ven, ven, ven con nosotros” y “te hemos recogido del abismo”. No me cabe la menor duda. No estoy sólo, pero me resulta imposible contactar con “ellos”. Sólo veo sombras…cada vez estoy más débil…creo que el cerebro me empieza a fallar…el fin se aproxima…

 

 

ARMADA DE CHILE

Servicio de Guardacostas

Informe nº: 387649DGF983/10

 

Encontrado buque de gran calado a la deriva, de bandera griega, llamado “Argos” en coordenadas -51.033104,-79.855958, a 100 millas náuticas de la costa sur de Chile. Su estado es bastante deteriorado, tras poder llevar entre siete y ocho años abandonado. Ha sido hallado un único tripulante a bordo, completamente desnudo, con evidentes signos de congelación, desnutrición y pérdida de la razón. No responde a las preguntas que se le hacen. Porta un bloc escrito a modo de diario que puede dar pistas sobre lo acontecido a bordo.

 

El Oficial al mando

Tte. de Navío Oswaldo Ruiz De Betancourt

 

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